lunes, 16 de junio de 2008

Calabuch

El profesor Hamilton, un sabio ingenuo que creía que las bombas atómicas, de hidrógeno, de cobalto, eran buenas para la humanidad, huyó al convencerse de su equivocación y se llevó sus inventos. Se escondió en el pueblo más maravilloso del mundo, donde se puede vivir y morir en paz; Calabuch. Calabuch es ese lugar donde la gente aún puede vivir con sentido del humor, con amistad, esperando a la muerte como a una vieja amiga que llega a pie, sin prisas, llevándoselo uno a uno, en lugar de venir silbando por el aire y matar de un estallido a medio mundo. Esto es Calabuch.

Al igual que otras películas corales de Berlanga, Calabuch satiriza la vida cotidiana de la España de post-guerra. Pero, a diferencia de Plácido, por ejemplo, donde la sátira es patente y demoledora, Calabuch la hace por contraste, mostrando en un pueblecito levantino todo lo que España no era ni es: la utopía, el lugar "donde todo el mundo hace lo que le gusta". Por ello, el pueblecito tiene un aire como de surrealismo mágico (que preconiza, en cierto modo, el de Amanece, que no es poco): allí, todas las convenciones, todas las instituciones represoras –Iglesia, Guardia Civil, Cárcel, Fiesta Nacional…– pierden su influjo e incluso su sentido y permanecen sólo nominalmente, completamente subvertidas. Se ha dicho que Berlanga pretendía evocar así el llamado “corto verano de la anarquía”, esto es, el del 36.Por todo ello, si no hubiera estado ya ampliamente documentada la estupidez manifiesta de la Censura franquista, sería sorprendente que Calabuch escapara en su momento a la acción de sus agentes. Se rodó, por cierto, en Peñíscola, antes de quedar arrasada por el desarrollismo.

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